PALACIO DE OLITE, ESPAÑA, TIERRA DEL VINO QUE ABRE SUS PUERTAS A 800 AÑOS DE HISTORIA

OLITE, ESPAÑA.- Un pequeño pueblo ubicado en el centro geográfico de Navarra, a 42 kilómetros al sur de Pamplona, es para un turista mexicano una experiencia de aquellas que las abuelas nos contaban de los cuentos de Adas, al menos en su arquitectura.

Sede real durante la Edad Media, en la historia reciente, fue declarado monumento nacional en 1925 ahora es un uno de los emblemas del gótico civil de Navarra y uno de los más notables de Europa.

Además de conocer lo que hace 800 años nació como un Palacio Real que traslada a tiempos muy antiguos y otras formas de vida, se disfruta del vino que se produce en la región y su auténtica gastronomía que familias de una relajada vida rural ofrecen a los turistas.

Entre lo interesante del palacio, se encuentran unos impresionantes jardines colgantes, en los que los reyes cultivaban plantas traídas de todo el mundo.

También se goza de un recorrido por las estrechas calles de Olite, donde toda su arquitectura de piedra con escudos de armas,  galerías medievales, iglesias y un recinto amurallado romano trasladan a otros tiempos.

En la región se le conoce a Olite como la capital del vino, cada mes de agosto, se desarrollan “las Fiestas Medievales” con torneos, representación de reyes, princesas, magos y juglares, halconeros y arqueros. También se pueden visitar las bodegas de vino y degustarlos.

Mila Fernández, en “Historia de Iberia Vieja” publica que este Palacio, llegó a ser uno de los más lujosos y bellos de Europa en la Edad Media, y esa suntuosidad es la que ha procurado –y conseguido– mantener su reconstrucción.

En el centro de Navarra, en el corazón del antiguo reino, la villa de Olite es una remembranza de  tiempos de prosperidad y paz, tiempos en los que el Rey Carlos III El Noble y la Reina Leonor hicieron realidad su idea de habitar el palacio más lujoso de toda Europa. Hoy, el palacio de Olite mantiene viva esa grandiosidad.

El Palacio Real –que no castillo pues su función era más cortesana que defensiva– es considerada la obra cumbre del rey Carlos III, a instancias de su mujer, la reina Leonor, que comenzó a idear su construcción a partir de la capilla de San Jorge y los aposentos de la reina, junto a la iglesia de Santa María. El rey continuó las obras a partir de 1400, ambicionando tener el palacio más espléndido y más grande –dicen que contó con tantas estancias como días del año– de la Europa de la época. Para ello parece que decidió inspirarse en los grandes castillos y palacios franceses, y rodearse de los mejores arquitectos y artistas de la época, que se encargaron de su decoración, legando así para la historia una de las construcciones civiles góticas más importantes del viejo continente.

 

En el artículo publicado por Mila Fernández, en “Historia de Iberia Vieja”, comenta que el conjunto monumental del Palacio de Olite se divide en dos claras partes: el Palacio Viejo, que nació sobre una fortificación romana en tiempos de Sancho VII –siglo XII– y que hoy forma parte del Parador de Olite, y el Palacio Nuevo, el que se levantó bajo las órdenes de Carlos III. La principal característica de la construcción es el aparente desorden con el que fue edificado. Estancias, jardines y fosos, altas murallas rematadas por espléndida torres se distribuyen sin orden ni concierto, sólo diferenciándose claramente dos partes, el Palacio de la Reina, que alberga la espectacular Sala de los Arcos; y la Gran Torre, el cuerpo principal del castillo y en cuya primera planta se encontraban los aposentos del monarca.

También destaca su Torre del Homenaje, caracterizada por su escalera de caracol, la más alta del conjunto –40 metros– y la única concesión militar que se hizo al palacio; y la Torre de los Cuatro Vientos, con sus tres bellos miradores.

 

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